El equipo de Higui

Por Daiana Gimenez




Son las siete de la tarde de un jueves de agosto en el que la primavera parece haberse metido por la ventana. La Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Plata, entre construcciones a medio terminar y afiches que reclaman la aparición de Santiago Maldonado, es escenario de un festival por la Absolución de Higui.

—Yo creo que va a salir todo bien— dice Higui,  confiando más en la gente que en la Justicia.

A Analia Eva de Jesús todos la conocen como “Higui”. Tiene 43 años. Es una mujer de barrio que le gusta estar con su familia, cuidar su casita, cortar el pasto, tomar una cerveza bajo un árbol y, como La Raulito, andar en la calle, jugar a la pelota y ver a Boca Juniors. De hogar humilde, Higui siempre trabajó: cartoneó, hizo jardinería y diferentes arreglos. A pesar de las necesidades nunca robó, comenta en el festival. “Nunca me llamó la atención robar. Por no estar encerrada. Y mirá lo que me pasó”, dice.

Lo que le pasó a Higui le cortó ese ritmo de vida entre barrio, familia y fútbol. Analia Eva de Jesús, estuvo más de 8 meses presa acusada de homicidio simple por defenderse de un grupo de violadores, hiriendo de muerte a uno.

Estando encerrada Higui se sentía tan mal que no quería hablar y no quería comer, hasta que las pibas, la convencieron de contar lo que le había pasado. Ahí, como pudo, contó su historia: dijo que la atacaron, que no era la primera vez, que por eso llevaba un cuchillo para defenderse, que no quería matar a nadie, que sabe que hizo mal, que se siente mal. Y cuando Higui habló, las mujeres se organizaron. Así su caso fue tomado como bandera: las pibas coparon las calles y las redes sociales, hicieron festivales y picaditos de fútbol, instalaron su caso en los medios nacionales e internacionales. Ahí, la Justicia, finalmente la dejó libre.

—Yo quería tirar la toalla. Después me entero, a través de mi hermana y de mi madre, que estaban haciendo muchas cosas por mi: ahí las pibas me pasaron la energía y dije ‘no, tengo que seguir’— comenta Higui, mientras el rapero Asterisco suena de fondo en La Plata. 

Higui cuenta, repitiendolo tres veces, que cuando salió “no lo podía creer”. Dice que “como siempre” no durmió y tenía pánico de salir, pero empezó a disfrutar de la familia y recuperó el fútbol. A veces se siente mal, pero todos le dicen que no se sienta culpable. También está yendo a una psicóloga que le dice lo mismo. Higui, afirma emocionada que con la gente se empezó a llenar de energía y que hoy por hoy hace lo que siente.

Higui lleva un buzo violeta y una gorra negra, al revés, dejando salir por el agujero, unos rulos verdes. Se ríe cuando alguien viene a abrazarla y la cara, curtida por el sol, se le arruga. Con poco más de un metro y medio, Higui, con cada abrazo, cuenta que se vuelve más fuerte. Y la piba en ese festival, organizado por dos agrupaciones feministas, se va llena de abrazos. 

—Tengo dos amigas nomas que son de este ambiente y ahora veo tanta gente que quiere el bien para todas: no lo puedo creer. Mirarlas a las ojos y los abrazos que dan, me pasan toda una re buena energía y fuerza para seguir—cuenta Higui— No se si creo en la justicia, más creo en la gente: antes no creía en la gente.

La gente por momentos rodea a Higui. Le piden fotos, algunas con carteles que exigen su absolución y que su lucha es la de todas; otras con una bandera multicolor que ella sostiene y abraza con orgullo mientras cae la noche en la ciudad de La Plata. 

—La gente se junta y es fuerza; la gente es fuerza. Por la presión que hicieron las pibas yo estoy acá— reconoce Higui.

Unas doscientas personas son las que están ahí.  Las mujeres son mayoría. Una pelota va y viene entre dos pibes que hacen jueguitos. Unas chicas se suman. Higui los ve, es su pelota. “Juguemos un fulbito”, dice alguien. Y Higui, capitana por reconocimiento, agarra la pelota, unas camperas y unos bolsos, abre las piernas, mide el arco, “¡mezcladito, mixto!” grita entonces y todos le hacemos caso.

Me toca jugar en el equipo de ella. Higui, que por Rene Higuita lleva su apodo, ocupa como no podía ser de otra forma el arco. El caos se vuelve juego y la pelota va y viene, entre anónimos que patean bajo las estrellas una noche de primavera en pleno invierno. Llega un gol de nuestro equipo. Y después otro, y después otro. Higui, aburrida de cuidarnos el cero, sale al juego. Ella, que sabe que en el fútbol como en la vida se gana en equipo, da pases, le grita a Azucena, su hermana de la que no se separa, para pedirle la pelota. La patea y tocamos de forma desordenada. Nos meten un gol, pero seguimos.

Cerca de la medianoche alguien nos avisa que ya es tarde, que hay que irse de la facultad. Cuando nos desarman los arcos hechos con camperas termina el juego. Nos sacamos la foto del equipo ganador. Higui se ríe con la pelota en la mano, rodeada por un grupo de desconocidos que, como las pibas durante meses en las calles, esa noche pateamos todos para un mismo lado. Y todavía nos queda un partido.
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