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domingo, 24 de marzo de 2019

Algunas reflexiones acerca del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia

Este domingo 24 de marzo se estará conmemorando, como todos los años desde 2002, un nuevo Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia. En él, recordamos las atrocidades cometidas a partir del sexto y último golpe de Estado que sufrió nuestro país en el Siglo XX. Si bien la interrupción por la fuerza del sistema democrático parecía ser una regla argentina, la Dictadura cívico-militar que se instauró en 1976, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, encarnó una nueva y perversa lógica.



Este domingo 24 de marzo se estará conmemorando, como todos los años desde 2002, un nuevo Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia. En él, recordamos las atrocidades cometidas a partir del sexto y último golpe de Estado que sufrió nuestro país en el Siglo XX. Si bien la interrupción por la fuerza del sistema democrático parecía ser una regla argentina, la Dictadura cívico-militar que se instauró en 1976, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, encarnó una nueva y perversa lógica. Ese régimen, comandado por las sucesivas Juntas Militares integradas por los jefes de las Fuerzas Armadas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea. 1° Junta: Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Orlando Ramón Agosti; 2° Junta: Roberto Viola, Armando Lambruschini, Omar Graffigna; 3° Junta: Leopoldo Fortunato Galtieri, Jorge Anaya, Basilio Lami Dozo; 4° Junta: Cristino Nicolaides, Rubén Franco, Augusto Jorge Hughes), llevó a cabo un proceso genocida que, embanderado en la defensa del orden y la civilización occidental y cristiana, eliminó de la manera más violenta y vil a todo aquel que se opuso a sus planes. 

Como sabemos, fueron épocas turbulentas. La década del 70, que se inició con una dictadura (Revolución Argentina) y termino con otra (el Proceso), fue de las más convulsionadas de nuestra historia reciente y su análisis genera controversias. En ella, la violencia pareció ser la forma de expresión política. Muchos jóvenes militantes de distintos orígenes socio-económicos y culturales se volcaron a ella (montoneros, ERP, FAR, etc.) en un contexto donde la participación política pacifica estaba vedada. Influenciados por la Revolución cubana (1959), implementaron tácticas terroristas y guerrilleras para alcanzar sus objetivos, cobrándose la vida de muchos inocentes en el camino. Pero el Estado, aún durante el gobierno constitucional de “Isabel” Peron (la Triple A, por dar un ejemplo), actuó de forma más violenta y sin ningún tipo de comparación o correlación de fuerzas posible. A pesar de experimentarse un contexto mundial de “distención” o relajo de las tensiones de la Guerra Fría; en América Latina se vivió un infierno. Si bien, a partir de las llamadas teorías de la “contención”, Estados Unidos rebajó sus tensiones con la URSS; apoyó a los militares latinoamericanos para que impusieran regímenes represivos que, alineados con la nefasta “Doctrina de Seguridad Nacional”, “alejaran” a nuestros países de la influencia comunista-soviética. Para eso, no tuvieron reparos en violar cualquier derecho de las personas “subversivas”, desde la propiedad hasta sus derechos humanos más básicos. En ese sentido, cabe mencionar el “Plan Cóndor”, por el cual los países latinoamericanos se “ayudaban”, extraditando exiliados a sus países de origen o permitiendo a los servicios de inteligencia extranjeros actuar con total impunidad para “acallar” sus voces.    

Está claro que, como había pasado tantas veces antes desde 1930, el “Partido Militar” llegaba para imponer por la fuerza el proyecto politico-económico de algunos sectores sociales que no podían llegar al poder por la vía democrática. Pero la última dictadura dio una vuelta de tuerca más. Además de las aberraciones contra la humanidad cometidas con total impunidad por el régimen (desde desaparecer, hasta el día de hoy, a miles de compatriotas, pasando por apropiaciones de bebes nacidos en cautiverio hasta arrojar personas vivas desde aviones al Río de la Plata), el Proceso significó la eliminación de un modelo económico basado en la industrialización del país impulsado, con sus matices, por los diversos gobiernos desde hacía cincuenta años; para pasar a desarrollar un modelo ligado a la especulación financiera, la usura, la desregulación de la economía y el endeudamiento externo que, continuado (por acción u omisión) por algunos gobiernos democráticos, tendría un impacto directo en la actual situación socioeconómica de nuestro país. En ese sentido, las palabras de José Alfredo Martínez de Hoz, primer ministro de economía del régimen, fueron proverbiales; “Se abre, señores, un nuevo capítulo en la historia económica argentina. Hemos dado vuelta una hoja del intervencionismo estatizante y agobiante de la actividad económica para dar paso a la liberación de las fuerzas productivas”. Efectivamente, se iniciaba una nueva etapa en nuestro desarrollo económico, que de allí en adelante estaría regido por el neoliberalismo que empezaba a instalarse en el mundo de esa época, y que tenía en el Chile de Pinochet su primer sitio de experimentación. 

Como vemos, economía y política fueron de la mano durante el Proceso. Pero, detrás de “la lucha contra la subversión” se escondía un plan aún más profundo. Por la fuerza, violando todos los derechos humanos imaginables, los militares (y los civiles que los acompañaron) buscaron cambiar la cultura social de nuestro país, alineándola con los intereses de los grandes industriales nacionales (incluida la “Patria contratista” de la obra pública), algunos sectores rurales concentrados y, especialmente, los capitales especulativos internacionales. A tal fin, se implementó un plan sistemático de desaparición de personas a partir de la utilización del aparato estatal (policía, FFAA, comisarias, cuarteles, etc.) que busco eliminar cualquier oposición al Régimen; el terrorismo de Estado. En ese marco, y escondidos detrás de grandes celebraciones como el Mundial ¨78, se cometieron crímenes de lesa humanidad atroces que no discriminaron ni por género, religión o nacionalidad. Esto le costó la vida a miles de personas (el número es anecdótico) y obligó a otros miles a buscar refugio fuera del país, censurando expresiones culturales de todo tipo (desde las canciones folclóricas de Mercedes Sosa, pasando por las infantiles de María Elena Walsh hasta el rock de Charly García). 

Por todo esto, es importante rememorar lo sucedido, repudiando una dictadura cívico-militar que dejo tras de sí; tierra arrasada en lo económico (a partir de allí, los más que aceptables estándares de vida en Argentina –salvo algunos periodos de recuperación- no han hecho más que degradarse), cientos de miles de desaparecidos, generaciones diezmadas, fuga de cerebros, familias destruidas y una desesperada guerra (Malvinas) en su haber. Recuperar la memoria es central para encontrar la verdad y hacerles justicia a las víctimas del terrorismo de estado. Por ello, creo que es vital entender que, a pesar de sus muchas deudas, solo en democracia se puede construir una sociedad más justa, consiente y solidaria, que denuncie la violencia en todas sus formas y se abrace a una forma de vida y convivencia pacífica. 

Sebastián Russo
Profesor en historia




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