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lunes, 1 de abril de 2019

La rula

Leo Fusero nos trae la columna semanal de Economía en Cartón: Detrás del Humo del Choripan, con un amplio análisis del contorno político argentino.

 


En su obra clásica de 1936, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Keynes explica que para que una economía capitalista funcione, los procesos de acumulación (el ahorro) deben invertirse en nueva capacidad productiva. La falta de inversión en una nueva capacidad productiva trae como consecuencia una disminución del empleo. La caída del empleo debilita el consumo, y desalienta la inversión, ya que nadie invierte sin clientes a la vista. Por lo tanto una economía solo funciona si su ahorro se transforma en inversión que aumente su capacidad productiva.

Una tasa de interés que premia al capital-dinero (billetes) con un 70% de rendimiento, y que al capitalizar semanalmente llega a una tasa real del 100% anual,  aniquila cualquier posibilidad de inversión productiva, por lo que siguiendo el razonamiento keynesiano sus consecuencias son el desempleo y la caída del consumo. Esto demuestra que la caída del consumo y el desempleo son objetivos buscados, queridos y planificados de la política macrista, y no “errores” de gestión o de diagnóstico. También explica porque en 2018, el país encabezó el ranking de descenso en producción industrial con una caída del 7,2%, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial. Lo siguen, lejos, Kazajistán, Jordania, Malta y Burundi. Premiar al capital especulativo con esas tasas solo es posible si existe una certeza de que tal capital especulativo (billetes) en algún momento tendrá la opción de transformarse en capital físico (bienes). De no ser así, el premio del interés al 70% se pagará en billetes de circo o papel higiénico. Un jugador de casino no juega con billetes sino con fichas, pero lo que subyace en su mente es que en algún momento esas fichas van a transformarse en billetes reales. Si la promesa de transformar su ganancia de fichas a billetes se pone en duda, lo más probable es que vaya corriendo a la caja del casino intentando cambiar esas fichas por billetes reales. En economía, la promesa de que las fichas podrán cambiarse por dinero real viene indicada por la tasa de interés. Una tasa de interés muy alta informa a los jugadores que la posibilidad de cambiar sus fichas por dinero es muy baja. El casino argentino tiene hoy más de un billón de fichas, que pocos jugadores apuestan. Ante el pánico de que esas fichas no puedan transformarse en pesos, el Banco Central no tiene mejor idea que subir la tasa de interés, o sea prometerles más ganancia para que sigan jugando, pero informándoles a su vez que la posibilidad de que les pague con menemtruchos es cada vez más alta. 

Cuando los jugadores deciden no jugar más, cambian sus fichas en la caja del banco, donde reciben billetes. Si van todos juntos, el casino no podrá hacer frente a esa demanda por carecer de billetes físicos y quebrará. En lenguaje de escolazo, saltó la banca. Análogamente, cuando los timberos nacionales no juegan más, van al Banco Central y reclaman sus billetes. Si van todos juntos, el central no tiene la capacidad de devolverles su dinero, por lo que solo le quedan dos salidas posibles, a saber:

1 – Imprimir los billetes necesarios: En el caso del casino argento, la suma a devolver sobrepasa el billón de pesos, y la equipara con la cantidad de billetes totales de la economía. Si tiene que imprimir esa cantidad de dinero de golpe, se duplicaría la cantidad de dinero existente en la economía, lo cual es hiperinflacionario, ya que para el doble de dinero existirán la misma cantidad de bienes reales. Peor aún si esa economía ya viene con inflación alarmante, incluso cuando la política del Banco Central es retirar dinero, no imprimirlo. Si destruyendo dinero tiene 50% de inflación, imprimiendo el doble de billetes al que existen hoy lo llevaría directamente a una hiperinflación. Para empiojar las cosas, el jugador del casino argento tiene la mala costumbre de no querer los billetes que imprime su Banco Central y que denomina pesos, sino los que imprime otro banco central extranjero al que llaman dólar. Gran parte de ese dinero impreso irá a cambiarse por dólares, lo cual también genera inflación. Por lo tanto, la salida uno es hiperinflacionaria cualquiera sea la decisión que tomen los jugadores.

2 – Confiscación: La otra opción del Central sería imprimir los pesos, depositarlos en las cajas de ahorro de los jugadores, pero impedirles usarlos. Les dirían, Duran Barba Dixit, “su dinero está, solo que no está disponible”. De esa forma evitarían que ese dinero pueda volcarse al mercado, generando hiperinflación, o al dólar, generando devaluación. El problema radica en que los únicos jugadores del casino argento son los Bancos. Pero los bancos no juegan con su dinero, se timbean el dinero de sus depositantes. La no disponibilidad de dinero no será para los bancos, ya que el dinero no es de ellos, sino para los ahorristas. Esta medida tiene un pasado reciente en el país y de llamó corralito. 

Esta tercera experiencia radical al gobierno del país parece no tener otra salida que las dos anteriores, hiperinflación o corralito. Con el iceberg a la vista, el CEO nacional no hace otra cosa que tartamudear ante micrófonos amigos que “este es el camino” y que no “hay otra opción”. El mismo Keynes decía que la economía funcionaría mejor si los economistas “trabajaran con la modestia de un dentista en vez de hacerlo con la soberbia de un gurú”. La soberbia radical ahora quiere generar una cuarta alianza con Lavagna, prometiendo sacar al país del desastre al que ellos mismos lo llevaron. Pero con los amarillos al poder, mientras duren, no hay gurúes, ni economía ni producción. Hay miseria, desocupación, derrumbe industrial, pobreza, timba y  ruleta.

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