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martes, 16 de julio de 2019

Psicofármacos

La economía argentina volvió a la década del ochenta, mientras que el mundo avanza
hacia la segunda década del siglo XXI. El país vuelve a tener un problema gravísimo de
balanza de pagos, que no se evidencia en ningún otro país de la región. La Argentina es
el único país de Latinoamérica, con excepción de Venezuela, que enfrenta un problema
grave de deuda externa, cuando todos los demás países han acumulado reservas en sus
Bancos Centrales.


La situación de colapso del sector externo (deuda), alta inflación, devaluaciones casi permanentes y conflicto distributivo son los ingredientes necesarios para una hiperinflación. La resistencia salarial, o sea la capacidad de los trabajadores de resistir la baja del salario real, y la crisis de la balanza de pagos, son ingredientes suficientes para augurar una explosión inflacionaria. Para evitarla, por lo tanto, solo
existen dos opciones. O se mejora el perfile de la balanza de pagos (se obtienen dólares)
o se fractura la resistencia social.

Por conveniencias electorales, el gobierno decidió, con ayuda del FMI, sostener la crisis de la balanza de pagos vía endeudamiento. Los dólares que el FMI le prestó evitan una nueva devaluación brusca, y el consiguiente salto inflacionario. Pero como esa ayuda es limitada, en cantidad y en tiempo, sabe que
solo le queda accionar contra la resistencia social, si es que quiere evitar un 2001.

Esa capacidad de lucha de los sectores asalariados no se encuentra en los otros países de la
región, por ejemplo en Brasil, donde la aceptación de una caída del salario real es casi
automática, sin resistencias ni conflictividad social. Pero en la Argentina ocurrió el
hecho maldito del país burgués, que aún reverbera en los nervios sociales. Como el
poder sabe exactamente lo enunciado, y el pulmotor de dólares se acabará pronto, la
única opción es atacar de frente a los sindicatos, y es desde allí que debe entenderse el
embate del poder contra los gremios de las últimas semanas.

En su primera entrevista como candidato presidencial, Macri acusó a Hugo Moyano de
“dejar a mucha gente sin trabajo”; calificó de “patotero” a Sergio Palazzo (bancarios) y
cargó contra Pabló Biró (pilotos aéreos), por los “privilegios e ineficiencias que cuestan
millones de pesos por mes”. Al mismo momento, y mostrando la coordinación entre
poder político y económico, Marcos Galperín, de Mercado Libre; Martín Migoya y
Guibert Englebienne, de Globant; Martín Cabrales, de Café Cabrales; Alec Oxenford,
de OLX; Javier Goñi, de Ledesma; Alberto Arizu, de Luigi Bosca; Darío Werthein, del
grupo Werthein; Juan Collado, de Celulosa Argentina y Juan Pablo Lafosse, de Al
Mundo publicaban en sus redes sociales su “rechazo total a medidas abusivas de los
sindicatos, que toman a la sociedad como rehén, conspiran contra el desarrollo del país
y la creación de empleo.” Ya sin empacho alguno, Martín Cabrales y el presidente de la
Cámara de la Construcción Julio Crivelli, declararon que era necesaria la reforma
laboral para poder “despedir sin causa ni motivo a cualquier empleado” y el ex
secretario de redacción de Clarín, Daniel Muchnik recordó que la forma que tuvieron
los EE.UU. de limitar el accionar de los sindicatos conducidos por Jimmy Hoffa fue
asesinándolo.

A todo esto, Hoffa continúa en estado de detenido desaparecido, ya que su cuerpo nunca fue encontrado, lo cual evidencia las terminales ideológicas de estos personajes con la última dictadura militar. La violencia a aplicar es proporcional al enemigo a vencer, y es la lógica que va a dominar en la campaña. Al ataque frontal al sindicalismo, el gobierno le sumó enunciados que rayan lo psicótico, como la de Jorge Macri, al indicar que “Kicillof tuvo formación marxista” y que no sabe si se “curó”,
empardando enfermedad con orientación política, y usando la misma lógica de los
genocidas, que mantenían con vida a algunos militantes de Montoneros por ser peronistas y católicos, mientras eliminaban sin condición a los del ERP, ya que estos, al ser marxistas, no tenían cura.

También es dentro de la misma lógica en la que se enmarcan los acuerdos comerciales con la Unión Europea y los Estados Unidos. El discurso dominante machaca que solo haciendo los cambios estructurales (laborales y fiscales) podremos ser competitivos para afrontar dichos acuerdos, que siempre han sido la panacea para el futuro desarrollo nacional, pero que han tenido pésimos resultados en países que ya los aplicaron, como ser México. No existe motivo real para pensar que el libre comercio por si mismo trae beneficios y que garantiza la simetría de desarrollo, ya que hace más de doscientos años que Buenos Aires tiene libre comercio con Catamarca y Formosa, lo que no condujo al desarrollo de dichas provincias.

De hecho, uno de los países más cerrados al mundo es Estados Unidos, y nadie discute su nivel de desarrollo por fuera de la ideología del libre comercio. Es justamente en la potencia del norte donde la industria de la psicofarmacología es una de las más pujantes y rentables. Su sociedad parece haber aceptado que es mediante la química como resolverá las manifestaciones cognitivas, emocionales/motivacionales y conductuales.

El capitalismo propone el tratamiento farmacológico de las psicopatologías, olvidando que la psicología de la conducta indica claramente que la causa de dichas psicopatologías está siempre en el ambiente. Sin Ministerio de Salud, no sería descabellado pensar un programa macrista que combata la pobreza, la indigencia o el desempleo en base al reparto gratuito de Rivotril o Valium. De la Patria es el Otro, a Ansiolíticos Para Todos.

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